Por Peter Read
Vicepresidente Ejecutivo CODESSD
Si en nuestra entrega anterior defendíamos el debate no como un lujo intelectual, sino como un pilar irrenunciable para la convivencia democrática y el desarrollo social, hoy la realidad nos exige hacer una pausa de reconocimiento. La teoría cobra sentido únicamente cuando se encarna en la práctica, y la plaza pública, lejos de ser una abstracción, se construye con el compromiso medido de quienes deciden elevar la conversación nacional.
En un contexto donde la inmediatez tienta a sustituir el análisis por la descalificación, la experiencia de RD Debate nos ha devuelto la certeza de que el país está sediento de sustancia. No asistimos a un simple ejercicio televisivo o digital; presenciamos una auténtica manifestación de madurez institucional. La disposición de debatientes y moderadores —que han asumido la discusión de los grandes temas de Estado con rigor, elegancia y altura técnica— demuestra que es posible confrontar visiones contrapuestas sin caer en la trinchera ni en el espectáculo estéril.
Ese esfuerzo no ha quedado en el vacío. El verdadero respaldo a esta iniciativa proviene del tejido social en su máxima diversidad: desde las familias y ciudadanos que cada domingo sintonizan la transmisión desde sus hogares y dispositivos móviles, hasta la vibrante concurrencia que colma el estudio de RTVD. Resulta verdaderamente enriquecedor observar la presencia activa de estudiantes universitarios y miembros de los clubes de debate del país, quienes no solo asisten, sino que continúan confirmando su presencia semana tras semana. Ver a una juventud apasionada por la fuerza de las ideas y el contraste de argumentos es la mayor garantía de que el relevo democrático dominicano se gesta sobre bases sólidas.
A este compromiso se suman personalidades de alto valor de la vida pública y miembros de la comunidad internacional. La presencia en el debate sobre el nuevo Código Penal de figuras de relief diplomático, como la embajadora de los Estados Unidos, no solo valida la trascendencia de las materias que abordamos, sino que ratifica una premisa fundamental: cuando una nación discute sus marcos normativos y su futuro con rigor institucional, concita el interés y el respeto del mundo.
El rigor del método frente a la inacción
Stefan Zweig, en ese magistral retrato histórico que es Momentos estelares de la humanidad, inmortalizó en el pasaje sobre Waterloo el trágico segundo de vacilación del mariscal Grouchy. Ante el dilema de marchar hacia el ruido de los cañones o atenerse rígidamente a una orden previa, la indecisión paralizó el destino de un imperio. En el ámbito del debate público ocurre una tragedia similar cuando los actores llamados a liderar la conversación prefieren refugiarse en la comodidad del silencio o en la rigidez de la consigna. La falta de coraje para argumentar de fondo equivale a dejar que el ruido atronador de la trinchera decida por nosotros.
Del mismo modo, en su impecable biografía sobre Fouché, el propio Zweig desnuda la figura del político que hace del cálculo en la sombra y la ambigüedad moral su principal herramienta. La verdadera democracia, sin embargo, rechaza la conspiración sorda y la intriga; exige la luz de la plaza pública, donde las intenciones y las doctrinas se someten al escrutinio abierto.
Para que esa deliberación sea útil, requiere un método estricto. Como solía recordar el inolvidable detective de Agatha Christie, Hércules Poirot, la resolución de las grandes paradojas no depende de la intuición desordenada ni de la emotividad desbordada, sino del uso riguroso de «las pequeñas células grises» y del estricto apego al orden y al método. El debate sustantivo es precisamente eso: una disciplina del pensamiento, una búsqueda metódica de la verdad donde el hecho contrastado prevalece sobre el juicio precipitado.
Discutir exige rigor; agredir solo requiere impulso. El debate sustantivo demanda la disciplina de escuchar, la solvencia de ponderar las pruebas y la valentía conceptual de someter las propias convicciones al escrutinio del otro. Cuando la sociedad respalda estos espacios, demuestra que el «permiso de pensar» no es una concesión formal, sino un ejercicio activo de ciudadanía. Reivindicar la cultura del debate no es apelar a una neutralidad estéril, sino honrar el compromiso ético con la elevación del tono público que nuestra nación merece.
La entrada El Permiso de pensar (II): La trágica erosión del argumento y el valor de la plaza pública se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).