Recientemente hemos visto cómo figuras nuevas han surgido en el mundo de la política. Esto es fruto de que la población, cada vez más, quiere personas parecidas, comunes y reales para que dirijan los destinos de la nación. Los ciudadanos están sustituyendo la preferencia tradicional por líderes tecnócratas, distantes o de élites tradicionales por figuras que proyecten autenticidad, vulnerabilidad y cercanía; aunque siempre corremos el riesgo de que la empatía sea una estrategia de marketing político.
En Latinoamérica podemos observar figuras como Nayib Bukele, quien conectó con el electorado adoptando los códigos, el lenguaje y la vestimenta de la juventud (gorras, tenis). De igual manera, Gabriel Boric rompió con el protocolo rígido de la política chilena al mostrarse sin corbata, hablar abiertamente sobre la salud mental (su TOC) y compartir sus pasiones cotidianas como la música y la poesía. Todos estos líderes sustituyeron el discurso técnico y burocrático por metáforas populares o canales digitales directos que el ciudadano común utiliza a diario. Su éxito radicó en saber escuchar y amplificar el sentimiento de abandono que grandes sectores de la población sentían por parte de los partidos políticos tradicionales.
En la sociedad de hoy no encajan esos líderes tradicionales formados en universidades de élite extranjeras, con un lenguaje hiperespecializado y un enfoque centrado exclusivamente en la macroeconomía o la burocracia institucional. En una época de marcada desconexión social, el electorado percibe este estilo como frío, insensible y ajeno a las realidades cotidianas de la calle. Intentar convencer a una población afectada por la inflación utilizando tablas de Excel o tecnicismos genera un rechazo inmediato.
Tampoco encaja el denominado “dinosaurio”: figuras cuya principal credibilidad proviene de su larga trayectoria dentro de las estructuras partidistas tradicionales, con discursos acartonados, mítines rígidos y rodeados por las viejas clientelas políticas. Vivimos en la era de los outsiders. La ciudadanía asocia a los partidos históricos directamente con la corrupción sistémica y la ineficiencia. El lenguaje de «aparato político» simplemente no compite contra la inmediatez y la emotividad de las redes sociales.
Uno de los mayores retos que tienen los políticos de hoy es lograr una comunicación efectiva. Por ejemplo, en TikTok un político no compite contra su rival de partido; compite contra un creador de contenido de comedia, un baile viral o un meme. Nadie se queda a escuchar un discurso técnico de diez minutos sobre política fiscal. Los líderes actuales se ven obligados a resumir sus propuestas en videos de 15 a 60 segundos, utilizando música en tendencia y subtítulos llamativos.
El político empático de hoy triunfa porque actúa como un espejo que valida el estado emocional de la población. Cuando un líder reconoce públicamente que las cosas están difíciles, que la gente está cansada o incluso comparte sus propias batallas, el ciudadano no ve debilidad, ve validación. El mensaje implícito es: «No estás loco, lo que sientes es real y yo lo entiendo». Los líderes empáticos e informales triunfan porque la imperfección es el nuevo estándar de la verdad. Si un político se equivoca en vivo, se traba al hablar o muestra su oficina desordenada, el cerebro del votante moderno lo procesa como «real». Lo perfecto se percibe como ensayado, falso y, por ende, corrupto. Lo imperfecto y cercano se percibe como honesto.
Así como la caída del Muro de Berlín en 1989 reconfiguró el orden geopolítico global y jubiló los viejos dogmas ideológicos, la epidemia silenciosa de ansiedad, frustración y agotamiento mental del siglo XXI está refundando las reglas de la política. El electorado actual, desgastado por crisis crónicas, ya no busca un estratega frío que administre cifras; busca un líder que alivie su malestar emocional. El colapso ya no es de muros de concreto, sino de la paciencia ciudadana frente a la indiferencia de sus gobernantes.
La República Dominicana no está exenta de esta realidad. El país está viviendo una reconfiguración de liderazgos donde las estructuras tradicionales se encuentran bajo una enorme presión para conectar con un electorado cada vez más independiente, joven y propenso al agotamiento institucional de cara a los comicios de 2028.
Por el lado del gobernante Partido Revolucionario Moderno (PRM), la organización se ve obligada a presentar una nueva figura debido a que su máximo activo, el presidente Luis Abinader, tiene un impedimento constitucional. Ante este escenario, nombres como David Collado y Carolina Mejía predominan en las simpatías para la candidatura presidencial. Se trata de políticos con semblantes muy diferentes: Carolina, hija del expresidente Hipólito Mejía, hereda la figura carismática, llana y cercana de su padre; mientras que Collado se refleja más como el candidato de la élite y de un sector del empresariado dominicano, aunque respaldado por una trayectoria exitosa como diputado y alcalde del Distrito Nacional.
Por otra parte, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) —cuyo líder histórico Danilo Medina cuenta también con un impedimento constitucional— dispone de distintos aspirantes. Sin embargo, todo parece indicar que Gonzalo Castillo, exministro de Obras Públicas, será el candidato; un político que se describe a sí mismo desde el pragmatismo: de acción, poco hablar y mucho hacer.
En la acera del Partido Fuerza del Pueblo, el candidato indiscutible será el doctor Leonel Fernández. El exmandatario, quien en el año 1996 obtuvo su primer triunfo bajo la etiqueta del «candidato del cambio», se enfrenta hoy —tres décadas y tres períodos presidenciales después— a una barrera evidente para conectar con el nuevo electorado joven, a pesar de mantener una valoración todavía significativa en el tablero político.
Expertos del análisis local, como Bernardo Vega, manifiestan que el escenario dominicano actual apunta hacia una segunda vuelta electoral. En este panorama, si bien los denominados outsiders o figuras alternativas emergentes podrían no obtener una votación lo suficientemente alta para ganar la presidencia, sí representarán a una porción del electorado que usará su casilla como un voto de castigo frente a los partidos tradicionales.
El juego de la empatía será fundamental. Quienes asuman las candidaturas ya no serán valorados por los extensos discursos del pasado; la cercanía real y percibida es el verdadero valor agregado en esta nueva era de campañas electorales, donde el mayor activo es no ser catalogado como «más de lo mismo».
«En 2028 no va a ganar el que mejor hable de macroeconomía. Va a ganar el que te haga sentir: Porque hoy lo imperfecto es lo que se ve honesto. ¿Están los partidos listos para eso?
Por Juan Manuel Ventura
La entrada La política de la empatía se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).