Cambia el Chip
En estos días, algunas de las voces que conocen y desarrollan la inteligencia artificial han vuelto a advertirnos sobre los riesgos de su avance. De repente, aquellas películas de ciencia ficción que veíamos pensando que jamás viviríamos algo parecido parecen menos lejanas. Ya no hablamos solamente de una tecnología capaz de sustituirnos en determinados trabajos. Las preguntas son mucho mayores: si algún día podrá tomar decisiones por nosotros, escapar de nuestro control o incluso convertirse en una amenaza para la propia humanidad.
Lo paradójico es que, mientras discutimos hasta dónde podría llegar, casi sin darnos cuenta la hemos incorporado a prácticamente todos los espacios de nuestra vida.
Le preguntamos qué comprar, qué comer, dónde viajar o cómo contestar un correo. Le contamos síntomas, le pedimos que interprete resultados médicos y muchas veces buscamos una primera orientación antes de llamar al médico. La utilizamos para estudiar, trabajar, escribir, investigar y resolver pequeñas decisiones cotidianas. Nos preocupa que algún día la IA pueda decidir por nosotros, mientras cada día le entregamos voluntariamente un poco más de nuestras decisiones.
En las empresas está ocurriendo algo parecido. La conversación comenzó alrededor de productividad y eficiencia, pero rápidamente pasó a otra pregunta: ¿cuánto de lo que hoy hacen las personas puede hacer una máquina?
Resistirse a esa transformación sería absurdo. Hay procesos repetitivos, administrativos y analíticos que pueden y deben automatizarse. Si una herramienta libera horas de tareas mecánicas para permitirnos pensar, crear, relacionarnos o tomar mejores decisiones, estamos frente a una oportunidad extraordinaria.
Pero eficiencia y sustitución no son sinónimos. Una empresa no necesariamente se hace más eficiente cuando elimina personas de un proceso, sino cuando utiliza mejor sus recursos, reduce errores y permite que su gente dedique tiempo a aquello donde realmente aporta valor. Si la IA prepara en minutos un informe que antes tomaba horas, quizás la ganancia no esté en prescindir del analista, sino en permitirle interpretar la información, cuestionarla, conversar con el cliente y convertir esos datos en mejores decisiones.
También existen eficiencias difíciles de medir en una hoja de cálculo. Escuchar a un cliente puede tomar más tiempo que dirigirlo hacia una respuesta automatizada; formar a un empleado joven cuesta dinero y requiere supervisión; conversar con un equipo antes de decidir puede ser más lento que aceptar la recomendación de un sistema. Sin embargo, de esos procesos nacen la confianza, el criterio, la experiencia y las relaciones que sostienen a una organización.
La tecnología debería ayudarnos a eliminar aquello que no agrega valor, no necesariamente a eliminar a quien puede agregarlo. Esto nos lleva a otra consecuencia sobre la que hablamos poco: ¿cómo aprenderán quienes vienen detrás? Durante generaciones, buena parte de nuestra formación profesional ocurrió realizando precisamente las tareas que hoy podemos automatizar. El abogado joven revisaba documentos, el analista preparaba reportes y el periodista investigaba información. Mientras lo hacíamos aprendíamos a detectar errores, entender contextos, desarrollar criterio y también a equivocarnos.
Si eliminamos esos primeros escalones porque una máquina puede subirlos más rápido, tendremos que preguntarnos cómo llegará alguien al último. No se trata de conservar tareas obsoletas por nostalgia, sino de entender qué aprendíamos mientras las hacíamos y encontrar nuevas formas de desarrollar esas capacidades.
Quizás la discusión sobre inteligencia artificial, tanto en nuestra vida como en las empresas, necesita cambiar de pregunta. Ya sabemos que puede hacer cada vez más cosas. El verdadero desafío será decidir cuáles debe hacer por nosotros, cuáles debemos hacer con ella y cuáles, aun pudiendo delegarlas, necesitamos conservar.
Tal vez el riesgo no sea únicamente que algún día la inteligencia artificial quiera tomar nuestras decisiones, sino que mucho antes nosotros nos acostumbremos a entregárselas. Ese es el cambio de chip: aprovechar una herramienta extraordinaria sin renunciar al criterio, al aprendizaje, a las relaciones y a esa parte profundamente humana que ninguna promesa de eficiencia debería convencernos de delegar.
Por Elizabeth Mena
La entrada ¿Puede o debe la IA hacerlo todo? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a delegar? se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).