Este artículo responde a una conferencia que ofreceré el próximo miércoles, 7 de octubre en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, dentro del panel "Desarmando la violencia, dedicado a reflexionar sobre el feminicidio desde distintas áreas del conocimiento. Mi participación corresponde a la filosofía. Otras profesoras abordarán la violencia desde las Letras, la Historia, la Psicología y el Derecho. Mi pregunta es qué puede aportar específicamente la filosofía a este problema y qué responsabilidad tiene su enseñanza en una universidad como la nuestra.
Comenzaré explicando el título: Terrorismo machista o las palabras que matan.
Hace poco, en una reflexión del importante movimiento Personas Inquietas, comprometido con la lucha contra el feminicidio, integrado principalmente por educadoras y educadores y por representantes de distintos sectores de la sociedad civil, surgido de la preocupación de la profesora universitaria Carmen Durán y de otras personalidades, entre ellas Miriam Germán, se mencionó el Decreto 615-26 del Poder Ejecutivo, a propósito de lo que se ha denominado terrorismo medioambiental.
La expresión me hizo pensar en otra utilizada por Lourdes Contreras: terrorismo machista. Si empleamos una expresión tan fuerte para determinadas acciones graves contra la naturaleza, ¿podemos preguntarnos también por la existencia de un terrorismo machista?
No soy abogada, no piensen en que quiero establecer una equivalencia jurídica entre ambos fenómenos. Utilizo la expresión desde la filosofía, como una interrogación ética.
Una mujer no comienza a ser agredida solamente cuando recibe un golpe. Un feminicidio tampoco comienza necesariamente el día en que una mujer es asesinada. Antes puede haber palabras, humillaciones, descalificaciones, amenazas, control y desprecio. Existe una manera de hablar que convierte a la mujer en inferior, en propiedad de otro, en alguien cuya autonomía no se reconoce.
Por eso hablo de las palabras que matan.
No porque toda palabra ofensiva conduzca necesariamente a la violencia física. Sostengo algo diferente: las palabras expresan ideas y determinadas ideas pueden contribuir a crear condiciones culturales en las cuales la desigualdad y la violencia llegan a considerarse normales.
Aquí comienza precisamente mi reflexión como filósofa y también como persona inquieta del movimiento mencionado.
La filosofía trabaja con ideas, conceptos y supuestos que muchas veces utilizamos sin preguntarnos de dónde proceden. Llamamos supuestos básicos subyacentes a aquellas ideas fundamentales que están debajo de nuestros razonamientos: pensamos desde ellas, aunque muchas veces no las hacemos explícitas.
Las ciencias particulares parten también de supuestos de este tipo. La Antropología y la Psicología suponen determinada concepción del ser humano. El Derecho parte de ideas acerca de la justicia, la responsabilidad, la libertad y la persona. La Historia interpreta las acciones humanas desde determinadas concepciones del tiempo, del sujeto y de la sociedad. Incluso el estudio del lenguaje supone ideas acerca de quién habla, quién puede hablar y qué valor concedemos a su palabra. Queda aquí un problema que merece una discusión propia: hasta qué punto el lenguaje refleja la misoginia y el sexismo presentes en la cultura, cuestión que todavía provoca resistencia incluso entre especialistas.
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