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Nacionales Por · · Actualizado

Una foto no mata: el machismo sí está detrás del feminicidio

Hallan sin vida a Loyca Alvarado mientras su ex pareja está detenida

Baní, Peravia.- A propósito del caso de Loyca Álvarez Adames, la joven que perdió la vida a manos de su expareja de un disparo, han comenzado a circular versiones que colocan el origen de la tragedia en una fotografía que ella habría publicado en sus redes sociales. Otros sostienen que el conflicto comenzó porque él le habría pedido que publicara una fotografía de ambos en su estado de WhatsApp y ella se habría negado.

Pero debemos detenernos ahí y hacernos una pregunta fundamental: ¿puede una fotografía provocar un feminicidio? La respuesta es no. Una fotografía puede ser un detonante dentro de una situación determinada, pero jamás es la causa que justifica la violencia. Y mucho menos puede convertir a la víctima en responsable de la decisión de otra persona de agredirla o quitarle la vida.

En criminología podemos estudiar los detonantes inmediatos de una conducta violenta: una discusión, una ruptura, los celos, una publicación, una negativa o cualquier otra circunstancia. Pero una cosa es identificar el detonante y otra muy diferente es confundirlo con la causa profunda de la violencia. El detonante explica cuándo ocurre un hecho; no explica ni justifica por qué una persona decide ejercer violencia extrema contra otra.

En la violencia contra las mujeres existe un trasfondo estructural que no podemos ignorar: la desigualdad de poder entre hombres y mujeres, el machismo y, en determinados casos, la misoginia. La idea de que una mujer pertenece a un hombre, que debe obedecerlo, que tiene que rendirle cuentas sobre lo que publica, con quién habla, cómo viste o qué decisiones toma, forma parte de una cultura de control y posesión.

Porque si una mujer publica una fotografía y su pareja siente celos, existen innumerables maneras de reaccionar: conversar, expresar incomodidad, terminar la relación o simplemente aceptar que la otra persona es libre. Lo que no existe es una fotografía que obligue a alguien a disparar contra una mujer. La decisión de ejercer violencia pertenece exclusivamente a quien la ejerce.

Por eso resulta peligroso explicar un feminicidio diciendo que ocurrió porque ella publicó determinada fotografía, porque se negó a colocar una imagen de la pareja en WhatsApp o porque hizo algo que provocó los celos del agresor. Ese relato traspasa la responsabilidad criminal hacia la víctima, revictimizándola.

No se trata de negar que cada caso tenga circunstancias particulares que deben ser investigadas. Se trata de colocar cada elemento en su lugar. La investigación debe determinar qué ocurrió, pero la sociedad también debe comprender que ninguna conducta de una mujer convierte en legítima la violencia contra ella.

Una fotografía no mata. Una negativa no mata. Una ruptura no mata. Los celos no obligan a matar. Detrás del feminicidio debemos mirar mucho más profundamente: hacia las ideas de posesión, control, superioridad y deshumanización que permiten que algunos hombres consideren que tienen derecho sobre la vida, el cuerpo y las decisiones de una mujer.

Y mientras sigamos preguntando primero “¿qué hizo ella para provocarlo?”, en lugar de preguntar “¿por qué él creyó que tenía derecho a ejercer violencia contra ella?”, estaremos mirando el problema desde el lugar equivocado.

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