ESPACIO PUBLICITARIO DV360160x600
ESPACIO PUBLICITARIO DV360160x600
Viernes, 2 de Octubre de 2026
⛈️ 29°C • Baní, Peravia
Dólar: RD$ 60.45 ▲ +0.10 Euro: RD$ 65.80 ▲ +0.15 Gas. Premium: RD$ 290.10 Bitcoin: US$ 67,450 ▲ +2.4%
⚡ ALERTA RADIAL
⚠️ ÚLTIMO MINUTO: Fallece un preso preventivo en la cárcel pública de Baní
ESPACIO PUBLICITARIO DV360970x250 / 970x90 / 728x90
Noticias Publicado el septiembre 15, 2026 por Redacción Baní News 🌐 Fuente: El Nuevo Diario

La izquierda y la batalla por la memoria de sus conquistas

En tiempos en que desde la derecha se intenta presentar a la izquierda como una experiencia agotada o contraria a la libertad, conviene recordar algo elemental: buena parte de los derechos y libertades que hoy consideramos naturales existen porque generaciones…

En tiempos en que desde la derecha se intenta presentar a la izquierda como una experiencia agotada o contraria a la libertad, conviene recordar algo elemental: buena parte de los derechos y libertades que hoy consideramos naturales existen porque generaciones de hombres y mujeres de izquierda lucharon para conquistarlos.

Hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentamos responderlas. Una de ellas es qué significa ser de izquierda y qué significa ser de derecha.

La confusión actual alrededor de estos conceptos no es inocua ni creo que pueda explicarse únicamente por la evolución natural de las ideas políticas. Existe también una disputa por la interpretación de la historia y, particularmente, por la memoria de las conquistas sociales que contribuyeron a construir nuestras democracias.

Hoy escuchamos con frecuencia discursos que presentan a la izquierda como enemiga de la libertad, de los derechos individuales e incluso del progreso. Al mismo tiempo, algunos de esos discursos reivindican como propios derechos y libertades cuya conquista fue resultado de largas luchas protagonizadas por movimientos obreros, socialistas, socialdemócratas, feministas, progresistas y otras corrientes históricamente vinculadas con la izquierda.

Por eso creo que la izquierda tiene también una tarea pendiente: reivindicar su historia. No para vivir de ella ni para convertir el pasado en refugio, sino para impedir que otros la reescriban, porque buena parte de lo que hoy parece normal alguna vez fue una lucha.

Cuando las conquistas se convierten en sentido común

Las sociedades tienen una curiosa relación con sus conquistas. Una vez que un derecho se consolida, olvidamos con facilidad que hubo un tiempo en que no existía y, sobre todo, que hubo quienes lucharon por conquistarlo y quienes se opusieron a su reconocimiento.

El sufragio universal, la organización sindical, la jornada laboral limitada, los derechos de los trabajadores, la protección social, la educación pública, la ampliación de los derechos civiles, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres y la incorporación de sectores históricamente excluidos a la participación política no descendieron graciosamente desde el poder: fueron conquistados.

Muchas veces tuvieron enfrente a quienes argumentaban que reconocer esos derechos alteraría el orden, afectaría la economía, destruiría las tradiciones o concedería libertades a personas que supuestamente no estaban preparadas para ejercerlas.

La izquierda, con todas sus corrientes, contradicciones, aciertos y errores, estuvo históricamente vinculada con la lucha por la igualdad y con la impugnación de privilegios establecidos. Desde sus distintas tradiciones contribuyó a colocar en el centro de la discusión política preguntas fundamentales: quién tenía derechos, quién podía participar de las decisiones colectivas, quién accedía a las oportunidades y hasta dónde podían justificarse desigualdades heredadas.

Ese dato histórico importa porque una de las operaciones discursivas más eficaces de nuestro tiempo consiste precisamente en separar las conquistas de las luchas que las hicieron posibles.

Existe una paradoja extraordinaria en el progreso social: cuando una lucha triunfa suficientemente, su conquista deja de ser identificada con quienes la promovieron y termina convirtiéndose en sentido común. Lo que ayer parecía radical hoy puede parecernos elemental; lo que fue denunciado como una amenaza al orden puede terminar protegido por las propias instituciones de ese orden. Es entonces cuando comienza a desaparecer de nuestra memoria la batalla que hizo posible aquella conquista.

Ese fenómeno ayuda a comprender por qué alguien puede disfrutar de derechos laborales conquistados tras décadas de organización obrera y considerar irrelevante la historia del movimiento sindical; defender derechos políticos cuya universalización fue producto de enormes luchas democratizadoras y pensar que siempre existieron; o reivindicar determinadas libertades civiles mientras desconoce el papel desempeñado por movimientos progresistas en su expansión.

Una de las mayores victorias de una idea puede ser precisamente esa: triunfar hasta el punto de que olvidemos que alguna vez hubo que luchar por ella. Pero ese olvido tiene consecuencias políticas, porque permite construir el relato de que los avances de nuestras sociedades simplemente ocurrieron, como si el progreso fuese automático y no el resultado de conflictos, organización, pensamiento y acción política.

La libertad tampoco pertenece a la derecha

Otro de los grandes equívocos contemporáneos consiste en entregar conceptualmente la palabra libertad a la derecha. No deberíamos hacerlo. La libertad no pertenece en exclusiva a ninguna corriente política. Además, las fronteras entre izquierda, derecha y liberalismo no han sido idénticas a lo largo de la historia. En distintos momentos, corrientes liberales, radicales, republicanas y socialistas coincidieron en determinadas luchas contra privilegios establecidos y por la ampliación de derechos políticos y civiles.

Por eso resulta problemático proyectar las categorías políticas actuales sobre épocas distintas y asumir que liberalismo, izquierda y derecha han significado siempre lo mismo. Mucho menos deberíamos aceptar la simplificación contemporánea según la cual la libertad pertenece naturalmente a la derecha mientras la igualdad corresponde a la izquierda. La historia de las ideas políticas demuestra que las relaciones entre estas tradiciones han sido bastante más complejas.

La historia de la izquierda también puede leerse como una larga historia de ampliación de libertades. ¿Qué era luchar por el sufragio sino exigir libertad política? ¿Qué era defender la organización sindical sino reclamar libertad de asociación? ¿Qué significaba ampliar el acceso a la educación sino proporcionar a millones de personas herramientas para decidir sobre su propio destino? ¿Qué representa la igualdad jurídica de las mujeres sino la ruptura de estructuras que durante siglos limitaron su autonomía? ¿Y qué significa reconocer derechos civiles a grupos históricamente excluidos sino ampliar el espacio dentro del cual cada persona puede desarrollar libremente su proyecto de vida?

La izquierda no puede aceptar la caricatura según la cual defender la igualdad supone necesariamente renunciar a la libertad. Por lo menos, no es esa la izquierda en la que creo. Creo en la libertad individual y en el progreso colectivo, y no encuentro contradicción entre ambos principios.

Por el contrario, considero difícil hablar seriamente de libertad cuando millones de personas poseen derechos formalmente reconocidos, pero carecen de las condiciones necesarias para ejercerlos. ¿De qué sirve proclamar que todos somos libres para educarnos si una educación de calidad depende de la capacidad económica de cada familia? ¿Hasta dónde llega la libertad de quien trabaja en condiciones que no le permiten satisfacer sus necesidades fundamentales? ¿Qué significa la igualdad ante la ley cuando profundas desigualdades económicas y sociales determinan las posibilidades reales de cada ciudadano?

La izquierda introdujo precisamente esas preguntas en el debate sobre la libertad. No basta con reconocerla jurídicamente; también es necesario construir las condiciones que permitan ejercerla.

Lo que Hayek comprendió sobre la izquierda

Por eso resulta particularmente interesante regresar a Friedrich Hayek. No a Marx ni a Engels, tampoco a un intelectual socialista, sino a uno de los grandes adversarios intelectuales del socialismo durante el siglo XX y una figura fundamental de la tradición del liberalismo clásico.

En The Intellectuals and Socialism, publicado en 1949, Hayek intentaba comprender por qué las ideas socialistas habían alcanzado tanta influencia. Llegó entonces a una conclusión que debería llamar nuestra atención: una de las fortalezas de los socialistas había sido su capacidad para imaginar una sociedad diferente y disputar intelectualmente aquello que podía llegar a considerarse posible.

Hayek reconoció que esa capacidad de pensar más allá del orden existente les había permitido influir sobre los intelectuales y, mediante ellos, sobre la opinión pública. Su conclusión fue que los defensores del liberalismo clásico debían aprender de aquella capacidad socialista para imaginar una sociedad distinta y convertir sus ideas en una empresa intelectual capaz de despertar entusiasmo.

Eso es lo verdaderamente relevante para esta reflexión: Hayek, desde una tradición intelectual enfrentada al socialismo, reconocía una fortaleza extraordinaria en sus adversarios, su capacidad para disputar el terreno de las ideas y ensanchar los límites de aquello que una sociedad consideraba posible.

Hayek comprendió algo que algunas izquierdas parecen haber olvidado: la política también es una batalla por las ideas, por la imaginación y por la definición del futuro.

Durante mucho tiempo, la izquierda tuvo la capacidad de decirle a la sociedad que aquello que parecía inevitable podía ser transformado: que la pobreza no tenía por qué aceptarse como destino, que trabajar sin derechos no era una consecuencia natural de la economía, que ser mujer no podía determinar los derechos que una persona podía ejercer, que el origen social no debía decidir hasta dónde podía llegar alguien y que determinados privilegios no tenían por qué perpetuarse simplemente porque siempre habían existido. En definitiva, sostuvo que la sociedad podía organizarse de otra manera.

En los últimos años, sin embargo, hemos visto crecer discursos de derecha que no se limitan a cuestionar políticas concretas de la izquierda, algo perfectamente legítimo en democracia. El problema aparece cuando la crítica pretende borrar la contribución histórica de las luchas progresistas y presentar cualquier aspiración de transformación social como una amenaza.

Reivindicar no significa idealizar

La izquierda debe discutir sus errores, revisar experiencias fracasadas, examinar sus prácticas autoritarias y abandonar respuestas que ya no corresponden a las sociedades contemporáneas. Ninguna tradición política debería pretender escapar al examen crítico de su propia historia. Pero autocrítica no significa renunciar a nuestra memoria y mucho menos aceptar que otros escriban nuestra historia por nosotros.

La izquierda no nació para administrar resignadamente las desigualdades existentes. Nació, en sus múltiples tradiciones, de la convicción de que las sociedades podían ser más igualitarias, que los privilegios podían cuestionarse y que derechos reservados a unos pocos podían extenderse a muchos.

Esa vocación sigue teniendo sentido. Tal vez uno de los problemas de la izquierda contemporánea sea que durante demasiado tiempo dejó de explicar por qué es izquierda.

Mientras otros construían una narrativa destinada a asociarla exclusivamente con fracasos, excesos o autoritarismos, dejamos de recordar suficientemente que detrás de muchas de las instituciones y derechos que hoy sostienen nuestras democracias existen generaciones enteras de luchas sociales y políticas.

Recuperar esa memoria no significa negar los errores de la izquierda; significa también impedir que sus conquistas sean borradas de la memoria colectiva. Significa recordar que hubo personas perseguidas por organizar trabajadores, mujeres ridiculizadas por reclamar igualdad, ciudadanos excluidos por exigir participación política, intelectuales atacados por cuestionar privilegios y generaciones que lucharon por derechos que nosotros recibimos como si siempre hubieran existido.

Una izquierda que vuelva a disputar el futuro

Pero el progresismo tampoco consiste en conservar un catálogo de conquistas pasadas. Ser progresista implica preguntarnos cuáles son las desigualdades, exclusiones y nuevas formas de concentración del poder que nuestra generación está llamada a enfrentar. Cada época tiene sus propias fronteras de libertad y la izquierda no puede renunciar al futuro.

Por eso no creo que nuestra principal tarea sea defendernos permanentemente de las etiquetas que otros pretenden imponernos. Nuestra tarea es volver a explicar nuestras ideas.

Debemos defender la libertad, pero preguntarnos quién puede ejercerla realmente; defender la igualdad, no como uniformidad, sino como garantía de dignidad, derechos y oportunidades; y defender el desarrollo, pero preguntarnos quiénes participan de sus beneficios. También debemos defender la democracia, procurando que no termine reducida al acto periódico de votar, y defender el progreso entendiendo que ninguna sociedad alcanza un punto en el cual dejan de existir injusticias que corregir o derechos que ampliar.

La izquierda debe recuperar el orgullo de su historia sin quedar atrapada en ella. Nuestros mayores logros no deberían servirnos para mirar permanentemente hacia atrás, sino para recordar de qué somos capaces cuando las ideas, la organización política y las luchas sociales consiguen transformar aquello que parecía inmutable.

Muchas cosas que ayer parecían imposibles hoy son derechos; muchas ideas que fueron llamadas radicales forman parte de nuestras democracias, y muchas conquistas que algunos presentan hoy como naturales fueron posibles porque hubo hombres y mujeres de izquierda que se negaron a aceptar que el mundo tenía que seguir siendo como era.

Reivindicar esa historia no es nostalgia. Es memoria política y, quizás, sea precisamente esa memoria la que necesitemos para volver a disputar el futuro.

Por Edhoarda Andújar

La entrada La izquierda y la batalla por la memoria de sus conquistas se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).

ESPACIO PUBLICITARIO DV360336x280 / 300x250 / 728x90
ESPACIO PUBLICITARIO DV360728x90 / 970x90 / 320x50