El actual contexto internacional recuerda aquella época de la Guerra Fría, alrededor de 1947-1991, por el nivel de confrontación entre dos polos evidentemente opuestos: Estados Unidos y China. En tal sentido, hemos expresado en diversas ocasiones que el mundo no se aproxima, de ninguna manera, a una tercera guerra mundial. Los países de mayor poderío militar poseen plena consciencia de que un enfrentamiento de esa naturaleza no tendría ganadores y, como dijo Albert Einstein, sería volver a la Edad de Piedra, con la particularidad de que la especie humana no sería protagonista.
En consecuencia, la batalla es más bien económica y tecnológica. Por ejemplo, según Kai-Fu Lee, en su obra Superpotencias de la IA, Estados Unidos y China libran una intensa batalla en el campo de la Inteligencia Artificial, particularmente en las revoluciones de la IA de la percepción, empresarial, de Internet y autónoma.
Estados Unidos, a partir de la década de 1970, experimentó una profunda transformación de su estructura económica, marcada por una creciente financiarización y, luego, por la expansión de la deslocalización de procesos productivos hacia países con mano de obra barata (como se diría en el lenguaje de todos los días). Este fenómeno, conocido como offshoring, contribuyó al traslado de una parte importante de la producción manufacturera hacia Asia, particularmente hacia China, que con el tiempo se convirtió en un actor importante de las cadenas globales de suministro. Ante esta realidad y tomando en cuenta la creciente importancia de China, EEUU ha impulsado en los últimos años una estrategia de relocalización de parte de su producción hacia países más cercanos, fenómeno conocido como nearshoring.
Confluimos, pues, como Lázaro, que fue levantado de su tumba, ante lo que parece una forma de revivir los postulados de la doctrina Monroe, «América para los americanos», buscando reducir la influencia china en la región, Estados Unidos ha llevado a cabo algunos movimientos, como la intervención en Venezuela y el aumento de aranceles a determinados países de la región.
De esa forma fluyen los acontecimientos internacionales, obviamente que la República Dominicana no se queda al margen. En tal sentido, hemos observado cómo se ha producido en el país un debate sobre lo perjudicial que serían, según algunos, las relaciones entre República Dominicana y China.
Al ser un país que, en términos prácticos, no invierte suficientemente en I+D y que cuenta con aproximadamente 48,000 kilómetros cuadrados, debemos tener cuidado con la forma en que abordamos el tema. En todo caso, como siempre hemos expresado: la mejor manera de aproximarse a la verdad es partiendo de los hechos y los datos, jueces cuasi absolutos de la realidad.
Y los datos indican que, entre 2018 y 2025, las exportaciones dominicanas hacia China pasaron de US$180 millones a US$532 millones, mientras el comercio bilateral alcanzó los US$5,338 millones. Es cierto que existe un déficit comercial importante, pero también es necesario observar qué estamos importando: más del 70% corresponde a maquinarias, equipos eléctricos, piezas, componentes, acero, plásticos y otros bienes intermedios utilizados por nuestra economía.
Por tanto, la discusión no debería limitarse a cuánto compramos y cuánto vendemos, sino a qué capacidad tenemos para producir y exportar. El desafío dominicano no es cerrar mercados, sino aumentar nuestra productividad, reducir nuestros costos internos y aprovechar mercados para colocar productos dominicanos.
La discusión, en consecuencia, no debería ser China sí o China no. Debe ser cómo la República Dominicana puede relacionarse inteligentemente con las grandes potencias, defendiendo sus intereses nacionales y convirtiendo sus relaciones económicas internacionales en oportunidades para el desarrollo, especialmente para el tema eléctrico.
Por Isaac Feliz.
La entrada RD y China: un análisis se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).