Hay momentos en que un país comienza a cambiar antes de que la mayoría se dé cuenta.
No porque todo esté resuelto. Ni porque desaparezcan sus limitaciones. Sino porque empiezan a coincidir piezas que, vistas por separado, parecen aisladas, pero juntas cuentan otra historia.
Es lo que creo, mejor dicho, lo que afirmo está ocurriendo en la moderna Hispaniola.
Durante décadas hemos aprendido a reconocernos como destino turístico en expansión, plataforma logística, país exportador e históricamente el punto estratégico del Caribe. Todo ello sigue siendo cierto. Pero quizás ha llegado el momento de añadir otra posibilidad a nuestra conversación sobre desarrollo: República Dominicana como territorio creativo y de innovación.
Y no lo digo desde el entusiasmo vacío.
La evidencia es palpable, medible, en buen dominicano googleable.
Ubicación geográfica. Conectividad. Acuerdos comerciales. Zonas francas que han evolucionado hacia actividades de mayor valor agregado. Inversión extranjera. Digitalización. Talento.
Solo en 2025, República Dominicana recibió US$5,032.3 millones en inversión extranjera directa, una cifra récord. Durante el primer trimestre de 2026 ingresaron otros US$1,671.9 millones, según registros de ProDominicana.
Pero infraestructura, capital y ubicación no bastan para construir una economía del conocimiento.
Hace falta algo más.
Hace falta gente capaz de crear.
Y quizás ese sea uno de los recursos que no hemos terminado de reconocer que ya tenemos en producción. Está emergiendo con fuerza una generación de jóvenes STEM que no creyó el cuento de que vivir en media isla debía ponerle techo a su capacidad de innovar, crear tecnología o competir desde el patio con el mundo.
Con frecuencia hablamos de nuestros jóvenes desde aquello que nos preocupa: la distracción digital, determinadas expresiones culturales, el consumo excesivo de redes o la aparente pérdida de interés por aprender.
Son preocupaciones que pueden tener razones legítimas. El problema aparece cuando convertimos lo más visible de una generación en una conclusión sobre toda ella.
La realidad no siempre está en los titulares de redes.
Desde esas mismas pantallas hay jóvenes aprendiendo a programar, diseñando, produciendo música, desarrollando marcas, creando contenido audiovisual, experimentando con inteligencia artificial, emprendiendo y buscando cómo convertir una habilidad en una oportunidad.
Incluso hemos cometido el error de enfrentar cultura popular y conocimiento, como si una cosa excluyera necesariamente a la otra.
Un joven puede consumir TikTok y aprender programación. Escuchar música urbana y estudiar ingeniería. Crear contenido y construir una empresa. Diseñar desde una habitación una solución capaz de transformar una industria.
Quizás el problema no sea que República Dominicana carezca de talento. Quizás todavía no hemos aprendido a mirar ese talento como infraestructura económica.
Ahí comienza una conversación mucho más interesante sobre innovación.
Porque la creatividad ya no vive únicamente en la música, el cine, la publicidad, el diseño o las expresiones culturales tradicionales. Hoy convive con software, animación, videojuegos, inteligencia artificial, plataformas digitales, producción audiovisual y nuevos modelos de comercialización del conocimiento.
Las fronteras entre creatividad, tecnología e innovación son cada vez menos evidentes.
El Índice Global de Innovación 2025 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), coloca a República Dominicana en la posición 97 entre 139 economías.
Dato valioso, sin embargo el que más me interesa, no es ese.
El país ocupa la posición 84 en insumos para la innovación, pero desciende hasta la 102 cuando se miden los resultados.
O sea:
Tenemos más condiciones de lo que estamos convirtiendo en innovación.
Ahí está, precisamente, la oportunidad.
No somos un país sin creatividad intentando inventarse una vocación innovadora. Somos un país creativo que todavía necesita aprender a transformar mejor esa creatividad en conocimiento, soluciones, productos, empresas y activos.
Y ahí la propiedad intelectual adquiere una importancia enorme.
En junio de 2026, República Dominicana lanzó su Estrategia Nacional de Propiedad Intelectual hacia 2030, desarrollada junto a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.
Puede parecer un tema técnico, pero no lo es.
Si aspiramos a construir una economía donde el conocimiento y la creatividad tengan mayor peso, necesitamos comprender que innovar no consiste únicamente en tener buenas ideas.
También implica saber protegerlas, gestionarlas, comercializarlas y convertirlas en valor.
Una marca, un software, un diseño, una producción audiovisual, una metodología o una invención pueden tener enorme potencial y, al mismo tiempo, generar muy poco para sus creadores si no existen las herramientas para convertirlos en activos.
Por eso, quizás la conversación que necesitamos no sea únicamente sobre cuánto podemos atraer desde fuera. También debemos preguntarnos cuánto somos capaces de crear desde dentro y, sobre todo, cuánto valor y riqueza somos capaces de generar a partir de ello.
El verdadero salto estará en lograr que República Dominicana no sea solamente un buen lugar desde donde otros producen. Sino también un lugar desde donde nosotros innovamos, creamos y generamos valor propio.
Tenemos mucho por hacer, es cierto…
Pero también tenemos cultura, ubicación, apertura, infraestructura, talento e instrumentos institucionales que comienzan a coincidir.
El lienzo está ahí.
La pregunta es qué vamos a ser capaces de construir sobre él.
La entrada República Dominicana: un lienzo para la innovación se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).