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Opinión Publicado el septiembre 19, 2026 por Redacción Baní News

Soy la que me mira

Por Lusitania Martínez/Articulista

Frecuento desde hace un tiempo un curso de metafísica que pone especial énfasis en el ego. Su explicación es teísta: a partir de una especie de caída en la ignorancia surge el Ego, preso de una percepción errada que tiende a separar a los seres humanos. Esa separación puede aparecer en cualquier terreno: ético, racial, genérico, clasista, ideológico o profesional. El ego clasifica, enfrenta, establece bandos y quiere reparar inmediatamente aquello que considera una ofensa. Frente a él estaría el Ser, desde el cual podemos reconocer una igualdad humana más profunda que nuestras diferencias.

Desde esta muy simple descripción de su tesis sobre el ser humano se entiende por qué tomar partido puede significar caer nuevamente en el habla del ego. No sé hasta qué punto estoy siendo completamente fiel a los fundamentos de esta metafísica que, por cierto, afirma, polémicamente para mí, no seguir —o trata de no seguir— ninguna filosofía determinada.

Siempre he creído, no obstante, en la existencia de un ego reparador y cauteloso, y esta vigilancia me lleva a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué algunas personas nos caen bien y otras nos caen mal? ¿Lo amado es realmente amable y lo rechazado realmente antipático? Pienso que no necesariamente. Todo lo que nos ocurre está situado. Cada conciencia encuentra a la otra desde una situación, una historia, unos intereses y unos proyectos. La simpatía o la antipatía que alguien despierta en nosotros no demuestra que esa persona sea objetivamente aquello que percibimos.

Siguiendo una sentencia del curso, “el ego percibe y el Ser conoce”, el problema comienza cuando convertimos nuestra percepción en sentencia: “esa persona es así”. Entonces petrificamos al otro. Aunque el otro también puede petrificarme.

Podemos reencontrarnos con alguien que nos conoció en determinada actividad y descubrir, años después, que seguimos sintiéndonos encerrados dentro de una percepción suya que parece no haber cambiado. Quizás nos equivocamos e interpretamos demasiado. No somos videntes: nunca podemos entrar completamente en la conciencia ajena. Pero podemos experimentar su mirada como una mirada que nos fija, nos inferioriza o convierte nuestros gestos y palabras en objetos examinados desde una posición superior.

“No somos cadenitas de oro para todo el mundo”. No tenemos por qué agradar a todos. Pero una cosa es no agradar y otra que una relación de poder transforme una percepción subjetiva en una evaluación con consecuencias.

Pensemos en una mujer frente a un jefe, un superior o alguien con poder para examinar su trabajo. Allí la mirada no es solamente mirada. Quien mira también evalúa, exige, aprueba o rechaza. Y la persona evaluada puede terminar mirándose desde los ojos de quien la evalúa.

Es aquí donde esta metafísica se encuentra, para mí, con Sartre.

Una de las grandes aportaciones de El ser y la nada ( 1943 ) es su análisis de la mirada del Otro. El otro no es solamente alguien a quien yo miro: es otra conciencia que también me mira. Yo, que vivo como sujeto de mis actos, descubro que aparezco como objeto para otra conciencia.

Ahí surge la vergüenza sartreana. No significa necesariamente haber hecho algo vergonzoso. Es descubrirme siendo objeto para otro. Puedo verme desde unos ojos que no son los míos y llegar incluso a interiorizar esa mirada hasta dudar de mí misma.

Hay algo de mí que se me escapa porque pertenece a la mirada ajena. El otro puede verme como amable o antipática, inteligente o torpe, admirable o incómoda. Pero no puedo entrar en su conciencia para saber exactamente qué soy para él.

Sin embargo, tampoco posee la última palabra sobre mi ser. Puede objetualizarme, pero su percepción no puede convertirme definitivamente en una cosa. Tampoco debo o puedo petrificarlo diciendo: “sé quién eres y sé por qué me rechazas”. Puedo interpretar sus conductas, incluso comprobar diferencias de trato, pero su conciencia tampoco me pertenece.

Y llego entonces a lo que últimamente más me inquieta: el silencio.

Intento, con mucha dificultad, no responder inmediatamente desde el ego herido. Callar para no devolver separación por separación, rechazo por rechazo.

Pero el silencio duele. Y duele todavía más —no necesita mucha explicación— cuando se es mujer y durante siglos el cuerpo, la palabra y la inteligencia de las mujeres han sido sometidos precisamente al silencio.

¿Callar es entonces represión o puede ser libertad?

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